Colombia es un país
en el que el ciudadano está expuesto a que lo pisoteen una y otra vez, casi
siempre con impunidad. Para comprobar esto sólo es necesario remitirse a los
abusos de taxistas, de empresas de telefonía o de internet, o simplemente a
senadores, como Juan Manuel Corzo, por nombrar alguno. Sin embargo, siempre
queda un espacio para la desigual pelea, un lugar en el que uno, como un enano,
intenta que de la nariz del gigante con el que pelea brote un hilo de sangre de
la nariz, luego del mini puño que uno alcanza a mandarle con más entusiasmoa que
fuerza. Sobra decir que no es necesario algo más que un puño entusiasta para librarse del abuso
